Miraba la televisión, pero no podía creer lo que estaba viendo. “No, no puede ser Leonardo. ¿Leonardo Almonte? ¿Heredero? ¿Matrimonio? ¿Empresas? No, de ninguna manera, ese no puede ser mi Leonardo.” Lo negué para mí misma con los ojos llenos de lágrimas, sin poder apartar la mirada de la pantalla. Como si el destino quisiera confirmar mi peor sospecha, la cámara enfocó su rostro. Vi claramente su cabello negro, sus ojos castaño oscuro y el pequeño lunar debajo de su ojo izquierdo, el lugar donde me encantaba besarlo y él sonreía diciendo que le hacía cosquillas. Ya no había dudas. Era él. Estaba más serio, más maduro, como si ocho años hubieran pasado en esos ocho meses. Su sonrisa ya no era amplia y brillante como antes; era una sonrisa contenida. Pero seguía siendo él, el hombre que me abandonó embarazada, el hombre que ahora estaba casado y sostenía a otra mujer embarazada a su lado. Con el corazón acelerado, hice un esfuerzo para sentarme en la cama, alcancé mi bolso, tomé mi
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