El despacho quedó sumido en un silencio pesado durante largos segundos que parecían una eternidad.
Sentada en la silla de cuero frente al inmenso escritorio, la médica mantenía las manos entrelazadas en el regazo, apretando los dedos hasta que las articulaciones se volvieran blancas. Intentaba mantener la postura, pero el sudor frío que recorría su espalda delataba el pavor que la consumía en ese momento.
Frente a ella, Leonardo estaba sentado en su silla, con la postura ligeramente relajada, c