Júlia se acercó a la ventana de la mansión, apartando ligeramente la cortina de terciopelo. Sus ojos recorrieron el jardín, contando a cada uno de los guardias de seguridad que formaban una barrera humana alrededor de la propiedad.
Soltó un suspiro pesado. No había otra salida; si quería salvar a Leonardo, tendría que pasar por ellos de cualquier manera.
Desvió la mirada hacia el centro de la sala, donde Dalia jugaba distraídamente con su conejito de peluche, el favorito de la niña.
Su pecho se