–¡AHH! ¡Mierda!– gruñó Adrián en el suelo, retorciéndose mientras sujetaba su hombro recién herido por el disparo, que sangraba.
–¡Adrián!– Elisabete pasó entre los guardias, corrió hacia su hijo y se arrodilló a su lado. –¡UN MÉDICO! ¡ALGUIEN LLAME A UN MÉDICO!–
Leonardo permanecía mirando a su hermano, que se retorcía como un gusano al sol, demasiado dramático para un disparo en el hombro a sus ojos, teniendo en cuenta que quería hacer algo peor.
–Eso fue una advertencia– dijo con voz firme.