Mundo ficciónIniciar sesiónOcho meses después, estaba trabajando en un bar-restaurante, y para poder pagar todas las cuentas y además ahorrar para mi hija que estaba en camino, tenía que trabajar en el restaurante durante el día y en el bar por la noche hasta la madrugada. Pero todo valía la pena por mi hija.
Antes pensaba que mi bebé sería una carga, pero ahora era mi fuerza para seguir adelante; era por ella que todavía estaba de pie a pesar de todos los golpes que había recibido, y era por ella que seguiría adelante. –¡Pedido de la mesa dos!– gritó la mujer en la barra. Terminé de limpiar la mesa, recogí los platos y fui hasta la barra a buscar el pedido para llevarlo a la mesa. –¡Oye, chica, aquí!– llamó un hombre sentado en otra mesa y fui rápidamente a atenderlo. –¡Necesito más agua aquí!– gritó otro cliente, y corrí hacia la cocina a buscarla. Era hora del almuerzo, el peor momento para ser la única camarera en un bar-restaurante cerca de una gran obra de construcción. Todos los trabajadores de la obra comían y bebían allí. Una ventaja para el dueño, pero una desventaja para los empleados. El dueño del restaurante se negaba a contratar más personal; decía que podíamos manejarlo ya que era un restaurante en un pequeño pueblo, y que funcionaba con solo tres empleados: una cocinera, una camarera que era yo y un chico que lavaba los platos y ayudaba a limpiar. Además, decía que si contrataba a otros empleados, cortaría nuestro salario a la mitad. Así que nos quedábamos callados, pues todos necesitábamos cada centavo de ese dinero. –Oye, chica, descansa un poco y ven a comer– dijo la cocinera. –Ya voy, solo voy a terminar esta mesa– Terminé de limpiar la última mesa y suspiré, exhausta, sintiendo mis pies hinchados palpitar. La hora del almuerzo había terminado, y el restaurante estaba casi vacío, esperando la noche, cuando el bar se llenaba de borrachos groseros y abusivos. Pero yo ya estaba acostumbrada; solo tenía que mantener la calma y conservar el empleo, porque nadie más contrataría a una embarazada a punto de dar a luz. Caminé hasta la cocina y vi la mirada de la cocinera de mediana edad sobre mí, esa mirada de lástima que siempre me daba, una compasión femenina, como si ella también hubiera pasado por lo que yo estaba viviendo. Tomé un plato y fui hacia la cocinera, quien lo llenó más de lo normal; la miré sorprendida. –Tienes que alimentarte, chica. Llevas caminando de un lado a otro con esa barriga desde que llegaste. Sabes que aquí no hay seguro médico, así que come bien; ya pareces un palillo con una patata en medio– dijo, fingiendo indiferencia. Esa era su manera de ser amable y demostrar preocupación. –Muchas gracias, doña Matilde– Tomé mi plato y me senté en la mesa de la cocina para comer, tenía que ser rápida porque pronto comenzaría la hora de la cena y el restaurante volvería a llenarse. –Trabajas en el restaurante durante el día y en el bar por la noche. ¿Por qué trabajas tanto? Estás embarazada con toda esa barriga que parece que va a nacer en cualquier momento– preguntó el chico que lavaba los platos. –Bueno, necesito mantener a mi bebé– –¿Y el padre? ¿Dónde está? Él debería estar trabajando para mantenerte a ti y al bebé, no al contrario. No me digas que conseguiste a un flojo o uno de esos que embarazan y salen corriendo– Bajé la cabeza y dejé de comer al escuchar sus palabras; al fin y al cabo, ese era mi caso. Pero aún así, no podía culpar completamente a Leonardo. No sabía nada de él; quizá algo le había pasado y por eso no había regresado. Esa era la esperanza vana a la que me aferraba, porque incluso después de todos esos meses, aún no podía creer que él fuera capaz de algo así conmigo. –¡Muleke!– la cocinera golpeó al chico con el rodillo. –Eso no es asunto tuyo, termina de lavar que todavía tenemos la cena para servir– La cocinera volvió a mirarme con esa mirada que me recordaba a la de mi difunta abuela. La muerte de mi abuela era otra consecuencia que llevaba en mi conciencia. Después de que regresé a casa tras ser expulsada de la universidad y con un bebé sin padre en mi vientre, su presión cayó, permaneció en cama unos días y luego murió, murió por la desilusión que yo me había convertido para ella. Esa noche, después de la hora de la cena, comencé a trabajar en el bar como siempre; el dueño atendía la barra y administraba la caja, y yo servía las mesas. Mientras cargaba una bandeja llena de vasos de cerveza por el salón, un hombre chocó conmigo y me tiró al suelo. Intenté proteger mi vientre al máximo, y todos los vasos se rompieron derramando cerveza sobre mi cuerpo. –¡Chica inútil, mira por dónde caminas!– gritó el hombre borracho mientras pasaba junto a mí. Apreté mi mano sobre mi vientre sintiendo un dolor intenso allí, seguramente causado por el impacto; estaba caída de lado y el golpe había afectado a mi barriga. –Oye, levántate y limpia este desastre, y todo saldrá de tu salario– dijo el dueño del bar al verme tirada en el suelo y con dolor. Intenté ignorar y soportar el dolor, me levanté, recogí los pedazos de vidrio colocándolos en la bandeja sin importarme los cortes en mis dedos, y fui a la cocina donde los tiré en la basura. Pero pronto el dolor en mi vientre se intensificó aún más. –¡Aah!– gemí de dolor con los ojos cerrados, apoyé una mano en la pared y la otra en la base de mi vientre, y abrí los ojos desesperada al sentir algo caliente escurrir por mis piernas. Sangre. Desesperada, reuní todas mis fuerzas y caminé de regreso al bar, apoyándome en las paredes hasta llegar a la barra donde estaba el dueño. –S-señor Alberto, yo… no me siento bien– pedí con voz débil mientras el dolor se intensificaba. –¿Y qué quieres que haga? ¿Acaso parezco un médico para ti?– respondió de forma grosera e indiferente. –N-necesito ir al hospital, mi bebé…– –¡Ah por Dios! Otra vez con esta historia de embarazo o lo que sea. Estás haciéndote la vaga, eso es todo; sabía que no debía haber contratado a una chica embarazada inútil. Se abren de piernas para cualquiera y luego quedan embarazadas y abandonadas, de ser tontas viene esto– gritó y yo solo podía retorcerme tratando de soportar el dolor. –¡Anda, sal de aquí! No quiero que des a luz en mi bar, y esta noche se descontará de tu salario– No esperé más, tomé mi bolso y, sin quitarme el delantal ni la ropa empapada en cerveza, caminé arrastrando los pies hasta la salida del bar. Miré a ambos lados y toda la calle estaba desierta, sin ningún autobús ni taxi a la vista. Tendría que caminar hasta el hospital, que quedaba a 30 minutos a pie. Suspiré para soportar el dolor y comencé a caminar. Pero antes de alejarme del bar, escuché una voz llamarme. –¿Está todo bien? ¿Necesitas ayuda?– –Mi auto está justo allí, ¿quieres que te lleve a algún lugar?– ofreció, mirando mi barriga que sostenía, y luego mi rostro cubierto de sudor y lágrimas de dolor. –¡Dios! ¿Estás a punto de dar a luz? Vamos, te llevo al hospital– dijo preocupado y tiró el cigarro. Era arriesgado aceptar un aventón de un desconocido, sobre todo a esa hora, pero no tenía otra opción; el dolor era tanto que seguramente no llegaría al hospital caminando sola. Así que acepté el aventón y él me ayudó a llegar a su camioneta que estaba cerca. Al llegar al hospital, fui atendida inmediatamente por la doctora que cuidaba de mí y de mi embarazo; ella ya conocía las complicaciones de mi caso y me estabilizó como siempre. Debía mi vida y la de mi hija a ella, y nunca podría pagar todo lo que había hecho por mí desde que supe que mi embarazo era de riesgo. Después de ser atendida, me llevaron en camilla a una habitación común con otras siete pacientes. Solo miraba la pared blanca del hospital, sin pensar en nada en particular, solo contemplando mi miseria. –Júlia– escuché la voz de la doctora, que se acercó y se sentó en la puerta de la cama, mirándome con preocupación y compasión. Bajé la mirada, ya sabiendo lo que diría. –Ya te dije que debías tener más cuidado, descansar y no esforzarte demasiado. Pero veo que no estás siguiendo las recomendaciones; tu caso es grave y se agrava cada vez más, sobre todo al final del embarazo. Sé que necesitas trabajar, pero si trabajas por tu hija, ¿de qué servirá todo este esfuerzo si al final la pierdes?– «¿Perder a mi hija?» Al escuchar esas palabras, apreté las sábanas con miedo y una lágrima escapó de mis ojos. Mi hija era todo lo que tenía; ya no tenía a nadie más, ni a mi abuela, ni a Leonardo; ella era el único recuerdo de la época en que fui feliz y tenía sueños y esperanzas en la vida. La doctora suspiró. –Descansa aquí esta noche, voy a vigilarte, y si estás mejor, mañana te daré el alta y entregaré un certificado a tu jefe. Debes permanecer en reposo hasta el día del parto, ¿entendido?– dijo, como una madre regañando a su hija terca. Asentí con la cabeza y más lágrimas cayeron de mis ojos. –Muchas gracias, doctora– Ella me sonrió tiernamente y acarició mi cabello con cariño. –Descansa– La vi salir y solo la observé, pensando en cómo sería tener una madre que me cuidara en ese momento. No pude tener una, pero mi hija ciertamente sí la tendría. La cuidaría y no permitiría que nada le pasara; la protegería con mi vida. Llevé la mano a mi vientre, aún levemente dolorido, acariciándolo mientras intentaba dormir. Pero pronto escuché algo en la televisión que llamó mi atención. «Los grupos Almonte y Mendes anuncian su fusión tras el matrimonio entre los hijos, Leonardo Almonte y Carla Mendes, después del anuncio de la llegada de la primera hija de la pareja» Al escuchar ese nombre, me giré rápidamente hacia la pequeña televisión en la pared del hospital, y mi corazón dio un fuerte y doloroso golpe al ver al hombre parado junto a la mujer embarazada, saludando a todos con su traje elegante, porte de heredero importante, varios guardaespaldas a su alrededor, y su mano sosteniendo la base de la espalda de la mujer, ayudándola a bajar cuidadosamente las escaleras. No podía creer lo que estaba viendo… –L-Leonardo?–






