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Mientras agonizaba de dolor en la cama del hospital, corriendo el riesgo de perder a mi hija, en la televisión de la pared podía ver claramente a él, Leonardo Almeida. El hombre que me abandonó hace ocho meses, estando embarazada, con la promesa de que conseguiría un trabajo para darnos una buena vida a mí y a nuestra hija como familia. Pero nunca regresó. Y ahora, en el momento en que más lo necesitaba, estaba al lado de su esposa embarazada, presentando a la hija a punto de nacer a la sociedad, su heredera legítima, aquella que llevaría su sangre y su nombre.
Mientras las lágrimas caían de mi rostro, sostuve mi vientre con firmeza, una súplica silenciosa para que mi hija resistiera… pero fue en vano. ...... 8 meses atrás... Estaba nerviosa, caminando de un lado a otro sin quitar los ojos de la prueba de embarazo sobre el lavabo del baño de la universidad. Ese minuto parecía un año, una eternidad. La alarma de mi celular sonó, anunciando el fin de ese minuto. Con las manos temblorosas, tomé la prueba y la revisé. Dos rayitas. –E-estoy embarazada– No podía creer mis ojos ni mis palabras. Estaba embarazada. Una mezcla de emociones se apoderó de mi cuerpo: sorpresa, ansiedad, miedo. No sabía cómo reaccionaría Leonardo; éramos solo dos jóvenes universitarios. Él, un genio en el último año de su carrera, con varias empresas interesadas en él, y yo, estudiante del segundo año. Ambos éramos huérfanos: él criado en un orfanato que logró todo por mérito y esfuerzo, y yo, que solo tenía a mi abuela como pariente. En otras palabras, todavía teníamos mucho que hacer para estabilizar nuestras vidas, y un bebé era una gran responsabilidad que cambiaría nuestros planes. Vacilante, salí del baño y miré a Leonardo, que esperaba afuera, caminando nervioso. En cuanto me vio en la puerta, se acercó y sostuvo mis manos con firmeza mientras me miraba visiblemente preocupado. –¿Y? ¿Ya viste el resultado?– preguntó, y no pude saber por su rostro qué respuesta esperaba. Suspiré intentando calmarme. –Es positivo, estoy embarazada– Miré a Leonardo, recelosa de su reacción, pero lo que vi me sorprendió: su rostro se iluminó, sus ojos se agrandaron y una sonrisa llenó sus labios. –¡VOY A SER PADRE!– gritó Leonardo y me levantó del suelo, comenzando a girar. –¡Voy a ser padre! ¡Voy a ser padre!– Sonreí, sorprendida y emocionada por su reacción. No esperaba que se alegrara tanto, y verlo tan feliz con la noticia tranquilizó mis miedos e incertidumbres. Leonardo me volvió a colocar en el suelo con delicadeza. –Perdóname, perdóname, ahora tengo que tener el doble de cuidado contigo; después de todo, estás llevando a nuestro hijo, a nuestro bebé.– Leonardo acarició mi vientre liso con la mirada llena de ternura y cariño. –Hicimos un bebé, nosotros dos vamos a ser padres, vamos a ser una familia a través del amor y la sangre– No pude contener la lágrima de emoción y felicidad que se escapó de mi ojo y recorrió mi rostro, pero Leonardo pronto la secó con su pulgar y continuó mirándome con amor y ternura. –Entonces… ¿eso significa que quieres tener al bebé?– pregunté con recelo. –¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Por supuesto que quiero al bebé! Me vas a dar un hijo; ¿cómo podría rechazar una parte de la mujer que amo? Me darás aquello que nunca tuve: una familia.– Leonardo acercó su rostro al mío y apoyó sus labios en los míos, comenzando un beso sencillo y apasionado. Ese beso era todo lo que necesitaba para calmarme y asegurarme de que todo estaría bien a su lado. Leonardo separó el beso sin apartar nuestros rostros y me miró, pronunciando esas frases que siempre me conmovían, sin importar cuántas veces las dijera. –Te amo, Júlia, y siempre te amaré– Sonreí mirándolo y tomé sus labios en un beso que correspondió de inmediato. –Te amo, Leonardo. Y estoy feliz de llevar una parte de ti dentro de mí– En ese momento, algo cruzó por mi mente y volví a dudar. –Pero… no podré quedarme más en el dormitorio; las reglas prohíben chicas embarazadas, y no tengo dónde vivir aquí. Mi beca solo cubre los estudios, y de aquí a la ciudad donde vive mi abuela hay más de cinco horas de viaje y…– Leonardo me interrumpió con un beso. –Buscaré la manera, no te preocupes. Desde hoy voy a cuidarte a ti y a nuestro bebé. He recibido varias ofertas de trabajo, así que las analizaré y veré cuál puedo comenzar incluso antes de obtener el certificado de graduación; así podré cuidar mejor de ti y de nuestro bebé.– Leonardo rodeó mi cintura con sus manos y volvió a sonreír con ternura. –Te cuidaré hoy, mañana y siempre.– Y con esa promesa, volvimos a besarnos, esperanzados y emocionados por el futuro que nos esperaba. ...... Un mes después, estaba sola en la habitación del dormitorio estudiando para la semana de exámenes que se aproximaba, cuando escuché golpes en la puerta. Me levanté y fui a abrir, y mis ojos brillaron y sonreí automáticamente al ver a Leonardo, pues casi no nos veíamos en las últimas semanas. –¡Leonardo, qué haces aquí? ¡Está prohibida la entrada de hombres en el dormitorio femenino!– dije, reprendiéndolo, aunque esa regla casi nadie la respetaba. –No podía pasar un día entero sin verte.– Leonardo me besó y entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de él, y pude notar la amplia sonrisa inusual en su rostro. –¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan animado? ¿Aprobaste tu monografía?– pregunté emocionada. –¡Mucho mejor! Conseguí un trabajo en la capital, pagan muy bien y me contratarán incluso antes del certificado.– respondió Leonardo, emocionado. –¿De verdad?– pregunté igualmente emocionada. –¡Felicidades, amor!– lo felicité con un fuerte abrazo y luego con un beso. –Con mi primer salario alquilaré un apartamento y podrás mudarte allí. Tendré que quedarme algunos días en la capital hasta estabilizarme, pero vendré a verte a ti y a nuestro bebé cada semana. Y cuando consiga un cargo fijo después de obtener el certificado, nos mudaremos juntos a la capital, o mejor, los tres.– Leonardo acarició mi incipiente barriga, se arrodilló frente a mí y depositó un largo beso sobre ella mientras sostenía mi cintura. –Papá cuidará de ti y de mamá; solo tenemos que pasar este periodo difícil, pero pronto tendremos una vida feliz y brillante, los tres, y quién sabe, quizás con más hermanitos– Al escuchar su confesión, sonreí y acaricié su cabello mientras pensaba en lo afortunada que era de haberme enamorado de él, un amor a primera vista para ambos, una pasión intensa. Y contrario a lo que mi abuela siempre decía sobre los hombres, Leonardo era honesto, me amaba de verdad, siempre me respetó, inteligente, buen estudiante, y a pesar de ser huérfano y criado en un orfanato precario, era educado, lleno de valores y con planes para el futuro. Esos eran solo algunos de los muchos motivos por los que me enamoré de él, y cada día estaba más segura de que amaba al hombre correcto, segura de que él era el hombre de mi vida. Poco sabía yo que esas serían las últimas palabras que escucharía de él, que esas promesas pronto se convertirían en polvo, y que aquel sería nuestro último momento juntos… antes de que me abandonara.






