El reloj marcaba las 3:27 de la madrugada.
La ciudad dormía, pero yo no.
Estaba acostado boca arriba, con los ojos fijos en el techo y el silencio era tan absoluto que podía escuchar el latido de mi corazón.
Rítmico. Doloroso.
El celular seguía donde lo había dejado, en la mesa de noche.
No había vuelto a vibrar desde aquel mensaje.
“Me pidió perdón. Lo va a intentar. Al fin y al cabo… nos casamos.”
No había drama.
No hubo súplicas.
Solo eso.
Una despedida disfrazada de elección.
Y, aún así, no