No sé si fue el viento o mi propio cuerpo el que me despertó. La habitación estaba bañada por una luz dorada, suave, como si todo allá afuera fuera irreal. Las cortinas se mecían con la brisa. El sonido del mar llegaba en susurros, como una canción vieja que ya no quería recordar.
Me quedé unos segundos boca arriba.
Mirando el techo abovedado, blanco, perfecto, respirando el perfume de las velas aromáticas que Matías había encendido la noche anterior.
Lavanda. Vainilla. Seducción ensayada.
La ca