Capítulo 44

ROBERTO

Cuando la vi, mi corazón se detuvo. Melia estaba en el suelo, encogida sobre sí misma, con los ojos cerrados y su rostro pálido como la luna. Su respiración era irregular, como si estuviera luchando por mantenerse a flote en un océano invisible.

El tiempo pareció congelarse.

—¡Melia! —grité, pero no hubo respuesta.

Me arrodillé a su lado, con las manos temblorosas, sin saber qué hacer. Por un momento, el miedo me paralizó. Su cuerpo temblaba ligeramente, como si estuviera atrapada en un
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EdisonQue bonito el amor de Roberto!
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