ROBERTO
Cuando la vi, mi corazón se detuvo. Melia estaba en el suelo, encogida sobre sí misma, con los ojos cerrados y su rostro pálido como la luna. Su respiración era irregular, como si estuviera luchando por mantenerse a flote en un océano invisible.
El tiempo pareció congelarse.
—¡Melia! —grité, pero no hubo respuesta.
Me arrodillé a su lado, con las manos temblorosas, sin saber qué hacer. Por un momento, el miedo me paralizó. Su cuerpo temblaba ligeramente, como si estuviera atrapada en un