El reloj de la cocina marcaba las once y cuarenta y ocho.
Los trillizos llevaban dos horas dormidos.
La casa estaba en silencio, ese silencio denso de invierno donde solo se oye la calefacción y la propia respiración y de vez en cuando el crujido de algún mueble que se asienta en el frío.
Valerie tenía ocho hojas sobre la mesa.
No era el primer borrador.
Era el cuarto.
Los tres anteriores estaban en el cubo de la basura, debajo del poso del café de la mañana, porque tenían frases que sonaban a