La primera noche en la casa de Julián no fue de descanso, sino de vigilancia.
Valerie acomodó a los trillizos en el sofá cama del estudio, improvisando una cuna amplia con cojines y mantas de lana que olían a naftalina y lavanda seca.
El cuarto estaba alineado con la misma precisión obsesiva que el resto de la casa.
Paredes forradas de libros. Un escritorio de caoba inmaculado. Una lámpara de bronce que parecía juzgarla desde la esquina.
Valerie apenas durmió.
Se pasó las horas en duermevela, s