El autobús anunció su llegada con un suspiro hidráulico que sonó a agotamiento mecánico, como si el vehículo mismo estuviera aliviado de deshacerse de su carga.
Frenó en seco en una plaza empedrada, rodeada de montañas que parecían muros naturales diseñados para mantener el mundo afuera.
Valerie sintió que el movimiento cesaba, pero su cuerpo seguía vibrando con el zumbido fantasma del motor diesel que la había acunado durante doce horas.
Intentó ponerse de pie. Sus piernas, entumecidas por la