El domingo amaneció sin terror.
Valerie se despertó a las cinco y media, media hora antes de lo necesario. Se quedó inmóvil en el colchón, esperando el nudo en el estómago. El miedo automático de qué haría mal hoy, qué golpe vendría.
No llegó.
Los bebés dormían en las cunas que Julián había construido el fin de semana. Tres estructuras de pino sin barnizar, austeras hasta lo brutal. Pero sólidas. Cada una tenía un nombre pirograbado en la cabecera: Mateo, Lucas, Daniel.
Julián no había menciona