El primer llanto llegó a las tres de la madrugada.
Daniel, el del medio, el que había nacido segundo, el que tenía un lunar diminuto junto a la oreja izquierda. Su llanto era agudo, insistente, el tipo de sonido que atravesaba paredes y despertaba a pasajeros que llevaban horas intentando dormir en asientos diseñados para torturar espaldas.
Valerie lo tomó del portabebés antes de que el llanto alcanzara su máximo volumen, presionándolo contra su pecho con la urgencia de quien sabe que cada segu