La casa olía a abandono y a tiempo detenido.
Dimitri avanzó por el pasillo con la linterna en una mano y la otra cerca del bolsillo donde descansaba la pistola. Sus ojos se adaptaban lentamente a la oscuridad que la luz apenas penetraba, revelando paredes descascaradas, muebles cubiertos de sábanas polvorientas, una cocina donde las telarañas habían construido imperios entre los armarios.
Sus hombres habían dicho que no había nadie.
Dimitri no les creía.
Caminó hacia la sala principal, sus paso