El teléfono sonó a las cuatro de la tarde. Dimitri lo contestó al primer timbrazo, los dedos apretando el aparato con fuerza suficiente para blanquear los nudillos. Llevaba horas esperando esta llamada, sentado en el sillón de cuero que había comprado a crédito hace años, rodeado de botellas vacías y ceniceros desbordados que nadie había limpiado desde que Valerie desapareció.
—¿La encontraron?
La voz al otro lado tardó un segundo en responder. Ese segundo fue suficiente para que algo frío se i