El domingo amaneció con ese tipo de silencio que solo existe en pueblos donde el mundo parece olvidarse de girar por veinticuatro horas.
Valerie se despertó a las seis con el libro verde todavía abierto sobre su pecho, marcado en la página cincuenta y tres. Había leído hasta las dos de la madrugada, adicta a descubrir qué pasaba con la niña y el perro perdido.
Bajó a la cocina envuelta en la bata que Matilde le había regalado, preparó café con movimientos automáticos.
Julián ya estaba vestido c