El décimo día en el sótano comenzó con silencio.
No el silencio habitual de paredes de piedra y oscuridad absoluta, sino uno diferente. Más denso. Cargado de algo que Valerie no podía nombrar pero que hacía que cada vello de su cuerpo se erizara como antenas captando peligro.
Matilde no había venido a las seis de la mañana.
Tampoco a las siete.
A las ocho, Valerie empezó a caminar los cuatro pasos que el sótano permitía, de pared a pared, contando segundos que se convertían en minutos que se co