El micrófono era de acero frío.
Isadora lo supo antes de tocarlo. Lo sintió en el aire del auditorio, en ese silencio de cuatrocientas personas que esperaban con la respiración contenida. Ese tipo de silencio que pesa. Que exige. Que no perdona a quien llegue sin tener algo real que decir.
Puso los dedos sobre el borde del podio.
El vientre rozó la madera. Siete meses. Una presión constante, cálida, irreversiblemente suya. El bebé había pateado dos veces en el coche de camino al Palacio de las