Diez años atrás.
La habitación del hotel en Mónaco olía a sal marina y a champán derramado sobre sábanas de seda egipcia, las cortinas blancas bailando con la brisa del Mediterráneo mientras el sol del amanecer pintaba todo de dorado y rosa como un cuadro impresionista. Dante Castellanos tenía veinticuatro años, el corazón lleno de ideales que todavía no habían sido aplastados por la realidad brutal de su apellido, y estaba perdidamente, estúpidamente, irremediablemente enamorado.
Era el tipo d