Cuarenta y ocho horas.
Eso era lo que Camila le había dado antes del próximo ataque de Andrés. Cuarenta y ocho horas que Isadora había pasado sin dormir, analizando cada ángulo posible de la propuesta envenenada que la serpiente dorada había dejado sobre el mármol del baño como un regalo troyano.
Cuarenta y ocho horas de revisar documentos con Elena hasta que las letras bailaban ante sus ojos. De llamadas telefónicas con miembros de la junta que no querían comprometerse. De noticias en línea qu