El viento nocturno silbaba entre las ruinas, llevándose consigo el calor de la confrontación.
Isadora sostenía la caja contra su pecho como si fuera un escudo, muy consciente de los dos guardaespaldas que flanqueaban al fiscal Mendoza y del hecho de que ella y Dante estaban completamente rodeados. No había escapatoria. Solo negociación.
—¿Qué quiere, Mendoza? —preguntó Dante, su cuerpo posicionado ligeramente delante de Isadora en un gesto protector que ella agradeció pero no necesitaba.
—Quier