El camino al cerro era una serpiente de piedras sueltas que trepaba entre nopales y huizaches.
La luna llena convertía el paisaje en un grabado de plata y sombras, lo suficientemente luminoso para avanzar sin linternas pero lo bastante oscuro para ocultar los peligros del terreno. Isadora sentía cada roca bajo sus zapatos, cada raíz que amenazaba con hacerla tropezar, cada latido de su corazón que marcaba el ritmo de una cuenta regresiva invisible.
Mercedes les había dado indicaciones precisas