Las horas se arrastraron como caracoles bajo el sol de provincia.
Isadora y Dante pasaron la mañana en el patio trasero de la casa, a la sombra del naranjo centenario, mientras Mercedes atendía a su padre y preparaba el almuerzo. El aire olía a azahar y a tierra húmeda, y el único sonido era el zumbido de las abejas que rondaban los frutos maduros.
—Deberíamos ir al cementerio de todas formas —dijo Dante, rompiendo el silencio—. Verificar si la carta de la viuda era verdad o una trampa.
—Y arri