El primer rayo de sol atravesó las cortinas de encaje y dibujó líneas doradas sobre la colcha bordada.
Isadora despertó con el brazo de Dante todavía alrededor de su cintura, su respiración cálida rozándole la nuca. Durante un instante eterno, no se movió. Dejó que la realidad regresara despacio, como marea que sube centímetro a centímetro: el crujido de la madera vieja, el canto lejano de un gallo, el peso reconfortante de un cuerpo masculino pegado al suyo.
Había dormido mejor que en meses. Q