El ascensor del Hotel Emperador olía a madera de sándalo y a dinero viejo.
Isadora observó los números subir en la pantalla digital, cada piso una cuenta regresiva hacia un encuentro que podía cambiar todo. Suite 1204. Su media hermana esperaba detrás de esa puerta, una mujer cuya existencia había ignorado durante treinta y cinco años.
El auricular en su oído crepitó.
—Equipo en posición. —La voz del Especialista era un murmullo profesional—. Tengo hombres en las suites 1202 y 1206. Francotirad