La carretera se extendía como una cinta negra bajo el cielo estrellado, serpenteando entre montañas que se adivinaban más que se veían en la oscuridad. El aire de la noche entraba por las rendijas de las ventanillas, fresco y cargado con el aroma de los pinos que flanqueaban el camino.
Llevaban cuatro horas de viaje. Isadora había dormido las primeras dos, agotada por la tensión de los últimos días, acurrucada contra la ventanilla con el abrigo de Dante cubriéndola como manta improvisada. Ahora