El apartamento de Klaus Hoffmann olía a tabaco viejo y a decisiones que persiguen durante décadas.
Sofía ajustó su maletín de cuero mientras esperaba frente a la puerta del tercer piso, consciente de que los siguientes minutos podrían cambiar todo. El edificio era uno de esos bloques soviéticos grises que Viena había heredado de su pasado dividido, donde cada grieta en el concreto contaba historias que nadie quería recordar.
El Especialista le había proporcionado un auricular casi invisible, un