El coche negro arrancó antes de que cerraran las puertas.
Sin placas visibles.
Vidrios polarizados que convertían Ginebra en acuarela oscura.
Isadora ocupó el asiento trasero central con Marcos a su izquierda y el Especialista a su derecha. El maletín descansaba sobre las rodillas de Marcos. Su mano vendada, apoyada encima, quieta.
Demasiado quieta.
El conductor del equipo de Brennan no habló.
Dos hombres más en el vehículo, orientados hacia las ventanas, escaneando el exterior con la concentra