Diana Moss llegó en cuatro horas y veintidós minutos.
Sin equipaje. Sin escoltas. Solo una mujer de setenta años con abrigo gris y el paso de alguien que ha cruzado demasiados aeropuertos para apresurarse en ninguno.
Isadora abrió la puerta del piso franco antes de que tocara.
Diana la miró durante un segundo largo. Luego entró, se sentó en la única silla con respaldo y dijo:
—Gabriel Estrada tiene cincuenta y dos operativos activos en Europa. Cuatro de ellos están en Ginebra ahora mismo. Y va