El departamento olía a café frío y a noches sin dormir.
Isadora contemplaba la ciudad desde el ventanal, las luces de la madrugada dibujando constelaciones artificiales sobre el horizonte. Habían pasado tres días desde que Dante desapareció en aquella carretera oscura, tres días en los que el silencio de su teléfono pesaba más que cualquier palabra jamás pronunciada entre ellos.
El eco de su última conversación resonaba en su mente como un disco rayado: "Te estoy liberando. Temporalmente. Hasta