La sala de juntas de Montemayor Holdings olía a cuero caro, madera pulida y a ambición reprimida.
Isadora entró con quince minutos de anticipación, el tiempo suficiente para estudiar cada rostro antes de que las máscaras corporativas terminaran de colocarse. Los directivos ya estaban reunidos alrededor de la mesa ovalada de caoba, sus conversaciones muriendo en cuanto la vieron aparecer en el umbral como una aparición vestida de negro.
Andrés Castellanos ocupaba el lugar que solía pertenecer a