El doctor Vargas tenía la planta regada.
Sebastián lo notó en cuanto entró al consultorio.
No lo dijo. Fue al sillón gris y se sentó y puso las manos sobre las rodillas con la postura del hombre que lleva semanas llegando a este lugar y que ya tiene su propio ritmo aquí aunque ese ritmo todavía requiera trabajo cada vez.
—¿Cómo estuviste esta semana? —dijo Vargas.
—Bien. —Sebastián pensó—. Distinto.
—¿Distinto cómo?
—La semana pasada pedí permiso para cambiar algo en el calendario familiar. —Lo