Emma cumplió diez años un martes de febrero.
No en Vancouver. En la Ciudad de México, porque ese año el cumpleaños cayó en su semana mexicana y Kate y Emma habían negociado que los cumpleaños se celebraban donde cayeran, sin preferencia artificial por ninguno de los dos lados del continente.
Kate llegó el viernes anterior.
Con la cámara al hombro, el mismo abrigo gris de siempre, y el tipo de presencia tranquila que tenía la capacidad de hacer que las habitaciones donde entraba redujeran la tem