Valentina no durmió.
No porque tuviera miedo.
Sino porque cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la fotografía: Luciana Monterrey caminando hacia las cámaras con el cabello corto y una sonrisa que no pedía perdón por nada.
A las cinco de la mañana se levantó sin despertar a Sebastián.
Preparó café. Revisó los documentos por decimocuarta vez. Dobló la carpeta de evidencias con la precisión de alguien que sabe que un centímetro fuera de lugar puede costar todo.
Isabella murmuró algo desde el