Sebastián llegó en doce minutos.
Valentina lo escuchó antes de verlo: el ascensor, los pasos rápidos en el pasillo, la puerta abriéndose con esa urgencia contenida que él usaba cuando quería correr pero sabía que no debía.
Entró. Miró a Carolina. Miró la pantalla.
Leyó el correo interceptado una vez.
—¿Cuándo lo envió?
—Hace cuarenta minutos —dijo Carolina.
Sebastián se quedó inmóvil frente a la pantalla. Sus manos no se movieron. Pero algo en su postura cambió. Como cuando una estructura detec