La carta llegó a las diez y cuarto de la mañana.
No por mensajero. Por correo certificado del sistema penitenciario canadiense, con el membrete oficial del centro de detención y una nota impresa al pie que explicaba que la correspondencia de internos en espera de extradición podía ser enviada y recibida bajo protocolo de supervisión estándar.
El sobre había pasado por tres pares de manos antes de llegar a las de Valentina.
Estaba intacto.
La letra del exterior era apretada. Azul. La misma calig