El video terminó y el silencio que siguió pesó como plomo derretido.
Sebastián no se movía. Sus ojos fijos en la pantalla del teléfono satelital, donde la sonrisa de Marcos permanecía congelada en el último frame como un cuchillo clavado en el pecho.
—Treinta por ciento —murmuró—. En una hora.
—Sebastián...
—Tengo que ir.
Las palabras cayeron entre nosotros como una granada. Emma levantó la vista desde el sofá, los álbumes de fotos olvidados a su alrededor, percibiendo la tensión aunque no la e