El bote cortaba las aguas grises del Pacífico Norte con una determinación que desmentía su tamaño modesto. Sebastián manejaba el timón con la rigidez de quien navega hacia un destino que ha evitado durante décadas.
Emma dormía acurrucada bajo una manta impermeable, agotada por los días de tensión y el madrugón forzado. Su respiración era lo único suave en un paisaje de rocas escarpadas y pinos que se aferraban a acantilados como supervivientes tercas.
—¿Cuánto falta? —pregunté, el viento salado