Tres semanas después de nuestra decisión de atrincherarnos, Víctor Castellanos se presentó en las oficinas de Duarte Corp como si fuera el dueño del edificio.
Yo lo vi primero desde la ventana del despacho de Sebastián, observando cómo bajaba de un Bentley negro flanqueado por dos guardaespaldas que parecían más decorativos que funcionales. Llevaba un traje azul marino con corbata dorada, el tipo de combinación que gritaba dinero nuevo sin el gusto para usarlo adecuadamente.
—Está aquí —dije, a