Valentina cerró la puerta.
El sonido fue suave. Casi educado.
Pero en esa cocina, a esa hora, con esa lista en la pantalla, fue el ruido más definitivo del mundo.
Carolina se sentó en la silla de la izquierda sin que nadie se lo pidiera. Ya sabía lo que venía. Conocía esa expresión de Valentina: la mandíbula plana, los ojos que dejaban de parpadear a velocidad normal, los dedos que no temblaban aunque tuvieran todo el derecho.
Valentina estudió la pantalla.
Cuatro nombres.
Los leyó tres veces.