El avión aterrizó a las 14:47.
Valentina lo sintió en los pies antes de escucharlo: la vibración del asfalto mexicano contra las ruedas. El ruido sordo del contacto. El frenado largo.
Casa.
Apoyó la frente contra la ventanilla fría y cerró los ojos tres segundos.
Solo tres.
Luego los abrió, recogió su bolsa del compartimento superior y se puso en la fila.
El vuelo Madrid-Ciudad de México dura once horas.
Ella no había dormido ninguna.
Había repasado cada palabra de Daniel Mendoza. Cada pausa. C