Valentina cumplió cuarenta años un martes de diciembre.
No hubo fiesta.
Había habido conversación sobre si hacer algo y la conversación había llegado a la misma conclusión que Valentina tenía antes de que la conversación empezara: que los cumpleaños de cuarenta que merecían fiesta grande eran los de las personas que necesitaban que otros confirmaran que el número valía algo. Los suyos no necesitaban confirmación.
Lo que necesitaba era cenar en casa.
Con las personas correctas.
Sin protocolo.
Se