El aire en el estudio de Isabela olía a café cargado y a tensión contenida. Sobre la mesa de cristal, entre pantallas iluminadas con gráficos de flujo de capital y secuencias genéticas, tres expedientes físicos parecían anomalías del pasado: el del técnico infiltrado, alias “Halconero”; el médico de Linnea en Oslo; y una evaluación psicológica confidencial de Mateo, redactada después del ataque bacteriano.
Silvana Costa, sentada frente a ella, había dejado atrás toda pretensión de tutora. Ahora