El cañón del revólver calibre 38 se mantenía firme, apuntando al pecho de Sofía. En la penumbra del penthouse, rota únicamente por los fogonazos intermitentes de los relámpagos y el eco lejano de los truenos, el rostro de Joel lucía espectral. Tenía la ropa sucia, el cabello mal cortado y una mirada vacía, desprovista de cualquier rastro de humanidad. Era la viva imagen de un hombre que ya había muerto en vida y solo buscaba arrastrar a alguien más consigo al infierno.
Sofía sintió un terro