La brisa de Santa Marta, Colombia, siempre tenía un aroma particular: una mezcla de salitre, café recién tostado y el perfume dulce de los mangos maduros. Para Victoria, caminar por el malecón no era solo un paseo turístico; era un reencuentro con su propia esencia.
Hacía cinco años que no pisaba su tierra. Ahora, a sus 32 años, no era la misma mujer asustada que salió buscando una oportunidad. Era una abogada respetada, madre de tres y esposa de un hombre que la miraba como si fuera el sol m