El sonido rítmico y pausado de los monitores médicos era lo único que alteraba el silencio en la suite presidencial de la clínica privada. Doña Leonor Gelacio permanecía postrada en la cama de hospital, rodeada de cables y soluciones intravenosas que la mantenían aferrada a este mundo. Su cuerpo, debilitado por el severo ataque cardíaco, parecía el de una extraña en comparación con la mujer imponente que solía hacer temblar los pisos de Scaleberry con el golpe de su bastón.
Gerard permane