El sol de la mañana se filtraba a través de los enormes ventanales de cristal del edificio corporativo de Scaleberry, pero dentro de la principal sala de juntas del piso ejecutivo, el ambiente era tan frío como un témpano. La mesa de caoba pulida estaba rodeada por los principales accionistas y socios de la empresa, hombres y mujeres de negocios que murmuraban entre dientes, alimentados por los rumores de pasillo que se habían esparcido como pólvora durante las últimas veinticuatro horas.
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