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Nueva York, USA.
Apenas las puertas doradas del ascensor se deslizaron, la imponente mujer de melena rubia caminó con paso firme y elegante por el pasillo alfombrado del exclusivo edificio. Sofía lucía un vestido de seda color perla que se ajustaba a su espectacular figura, fluyendo con suavidad hasta sus rodillas y capturando los destellos de las lámparas de cristal. En su mano izquierda, un anillo de oro blanco con una pequeña piedra preciosa brillaba con discreción, un símbolo de la promesa que ella creía inquebrantable. Una sonrisa radiante iluminaba su rostro mientras se detenía frente a la puerta del lujoso departamento. Con dedos ligeramente temblorosos por la emoción, digitó la clave de seguridad que conocía de memoria tras tres años de visitas secretas. Al abrirse la puerta, el aroma a flores frescas y un perfume masculino de alta gama la recibieron. La estancia estaba tenuemente iluminada, creando un ambiente íntimo que Sofía interpretó de inmediato como el preludio de la noche más importante de su vida. —¿Cariño? Ya estoy aquí —exclamó con una voz cargada de ternura, dejando su pequeño bolso de diseñador sobre la consola de la entrada. Frente a los inmensos ventanales que ofrecían una vista cinematográfica de los rascacielos de Manhattan, la mesa estaba servida con una elegancia impecable. Copas de cristal de baccarat y una botella de champagne sobre hielo esperaban por ellos. Joel Walson salió de la penumbra del estudio, luciendo un traje impecable que resaltaba su porte de heredero. Él se acercó lentamente y depositó un beso frío en la mejilla de Sofía, evitando sus labios. Ella, embriagada por la emoción del aniversario, no notó la distancia en su mirada ni la rigidez de sus hombros. —Feliz aniversario, mi amor —susurró ella, rodeando el cuello de Joel con sus brazos, buscando el calor que siempre encontraba en él—. No puedes imaginar cuánto esperaba esta noche. Sofía se separó apenas unos centímetros para mirarlo a los ojos, esperando ver el brillo del amor o el destello de una propuesta de matrimonio. Al menos, eso era lo que ella pensaba... que bajo su elegante vestido, la lencería de encaje negro que había comprado especialmente para esa ocasión sería el cierre perfecto para su celebración. Sin embargo, el silencio de Joel empezó a extenderse más de lo normal, volviéndose pesado y asfixiante. —Sofía, siéntate —dijo él finalmente, con una voz despojada de cualquier emoción—. Hay algo que tengo que decirte, y no puede esperar ni un minuto más. Sofía sintió un repentino escalofrío. La cena perfecta, los tres años de recuerdos y la ilusión de un futuro juntos comenzaron a temblar bajo sus pies antes de que la primera copa fuera siquiera servida. —Sofía. Hay algo que tengo que decirte... No puede esperar más —soltó él, y ella, confundida, dejó caer el cubierto sobre el plato. Ese hombre de mirada penetrante la observaba ahora con una inquietud que la hizo estremecer. Tenían 3 años de una relación intensa, aunque oculta por petición de él para "protegerla" del escrutinio de su poderosa familia. Ella lo amaba tanto que soportar el anonimato no significaba nada comparado con el futuro que él le había prometido. —¿Qué pasa? —preguntó ella, con el corazón empezando a latir con fuerza contra sus costillas. —No me casaré contigo —susurró él, clavando su vista en el anillo que ella lucía con tanto orgullo. —¿Qué...? —preguntó Sofía, sintiendo que el aire se escapaba de sus pulmones. —Me casaré con otra. Mi familia ya lo ha organizado todo; es un movimiento estratégico para la empresa. Yo... no puedo renunciar a mi herencia por ti —confesó él, recuperando su tono de hombre de negocios impasible. Los ojos de Sofía comenzaron a humedecerse de inmediato. Sus labios temblaban mientras buscaba rastros de una broma cruel en el rostro de Joel. —¿Tienes... tienes idea de qué fecha es hoy? —preguntó con la voz rota, esperando que él se retractara y la abrazara. Sin embargo, Joel guardó un silencio sepulcral. —¡¡ES NUESTRO ANIVERSARIO, MALDITO HOMBRE SIN CORAZÓN!! —gritó ella, poniéndose de pie de un salto, mientras el dolor se transformaba en una furia ciega. —¡Sé que es nuestro aniversario, Sofía! —exclamó él también levantándose—. Pero no hay nada que pueda hacer. Estoy con las manos atadas. Si no acepto este matrimonio, mi tío Gerard se quedará con todo el control y nos llevará a la ruina. —¡¿Así que por tu maldita ambición yo soy la que termina valiendo nada?! —decía ella, apuntando con su dedo el pecho de aquel hombre que, hasta hacía unos minutos, era su mundo entero. El silencio en el lujoso penthouse se volvió asfixiante, pesado como una losa de mármol. Sofía sentía que el suelo bajo sus pies se abría, tragándose cada uno de los mil noventa y cinco días que le había entregado a Joel. —Tres años... —susurró ella, con la voz quebrada y los ojos fijos en la mesa servida—. Te di tres años de mi vida, Joel. Me ocultaste como si fuera un pecado, me pediste paciencia y yo te di mi alma entera. Joel no respondió. Se limitó a ajustar los puños de su camisa, evitando mirar el rastro de lágrimas que ahora arruinaba el maquillaje perfecto de Sofía. Esa indiferencia fue el golpe final; dolió más que la noticia de su boda. —Lárgate —soltó ella, aunque el departamento técnicamente era de él. En ese momento, las paredes de cristal que ofrecían la mejor vista de Nueva York se sentían como una jaula—. ¡Que te lárgues, Joel! ¡Vete con tu heredera y tu maldito apellido! Él salió sin mirar atrás, cerrando la puerta con un clic metálico que sonó a sentencia. Sofía se quedó sola en medio del lujo vacío. Con un movimiento brusco, tiró de la mantelería, enviando las copas de cristal y la cena gourmet al suelo en un estruendo de vidrios rotos. No le importó. Nada de eso importaba ya. Caminó por las calles de Manhattan sin rumbo fijo, con el frío de la noche calándole los huesos, hasta que las luces de neón de un bar de aspecto opulento pero discreto llamaron su atención. Necesitaba algo que quemara más que su propia rabia. Necesitaba olvidar que, para el hombre que amaba, ella solo había sido una pieza desechable en su tablero de ajedrez. Sentada en la barra, pidió la primera de muchas copas. El ardor del alcohol en su garganta fue lo único que logró silenciar, por unos instantes, el grito de dolor que tenía atorado en el pecho. No sabía que, desde un rincón oscuro del bar, unos ojos maduros y calculadores seguían cada uno de sus movimientos, esperando el momento exacto para acercarse a la mujer que Joel acababa de destruir.






