Serena
Me enjuago la boca y me echo agua en la cara; al levantar la cabeza, me encuentro con mi paupérrimo reflejo en el espejo que está frente a mí. Otra vez reprimo las ganas de llorar al desconocerme. Estoy tan delgada y pálida que parezco que me he enfermado.
«¿Qué diablos te sucede, Serena?», grita dentro de mí, una voz que había reprimido para poder encarar mi realidad.
—Todo está bien... —Sonrío.
«Nada está bien», replica la Serena que encarcelé dentro de mí para ser capaz de dejar de se